Sueños

Henry era un hombre que no tenía sueños, pero sí muchas esperanzas y anhelos en la vida. Vivía solo en una habitación que rentaba en la parte alta de una pequeña casa, acompañado únicamente de su fiel amigo Reus, un perro que había encontrado en la calle y que decidió seguir sus pasos desde aquella tarde gris en la que los dos se cruzaron caminando bajo la lluvia. La vida tan ajetreada de este hombre puede ser el motivo por el cual los sueños no formaban parte de su vida.

Todas las mañanas despertaba muy temprano, aturdido por el ruido del monstruo de mil cabezas que sale de su cueva para cumplir con sus deberes como cada mañana, ya sea tras un escritorio de oficina o en un salón de clases, como conductor de transporte público o locutor radiofónico, como voceador de periódicos o cajero de alguna de las grandes transnacionales que consumen día con día a su ciudad y sus habitantes. El bullicio de la urbe le impedía poner en orden sus pensamientos; en realidad, él ya no sabía si las voces que escuchaba provenían del interior de su cabeza o del mundo exterior, de una ciudad cada vez más poblada de seres autómatas que hablaban como locos a un auricular incapaces de mostrar expresiones y sentimientos.

Para tratar de evadir la triste realidad que le rodeaba, salía en compañía de su único amigo a dar largas caminatas por los pocos parques y áreas verdes que sobrevivían a la constante constricción de grandes conjuntos habitacionales, edificaciones monstruosas y aparatosos centros comerciales. Siempre llevaba consigo pluma y papel en la cual plasmaba sus más funestas impresiones, así como sus deseos por liberarse de ese yugo tan aplastante que se llama realidad.

Esa era su principal preocupación, el no poderse escapar de la realidad a través del sueño; cada vez que dormía, si bien descansaba del ruido y la normalidad de la gente, no le era posible trasladarse a ese maravilloso mundo onírico, el cual recordaba con nostalgia. A su mente venían aquellos sueños de cuando era un pequeño que vivía con sus padres, quienes le contaban historias fantásticas antes de ir a la cama, las cuales recreaba en ese mundo paralelo, donde él mismo era partícipe de dichas historias. Se veía a sí mismo corriendo por grandes senderos llenos de naturaleza, acompañado de otros niños tan felices como él, o volando a lado de estrellas fugaces, visitando planetas y seres de otra dimensión, incluso se veía en situaciones terroríficas, perseguidos por grandes monstruos y espantosas criaturas. Sin embargo, eso sólo quedaba en su imaginación, ya no podía recrear con tanta viveza esa sensación que producen los sueños.

Cada noche, tras regresar a su pequeña habitación, contemplaba el cielo en busca de aquellas estrellas que lo habían llevado a otros mundos cuando era un niño, no obstante, las luces de la ciudad le impedían vislumbrar aquellos seres luminosos que le mostraran el camino a la fantasía. Fue en una mañana cualquiera, siguiendo su rutina diaria de encaminar sus pasos a la tranquila soledad, cuando en lo alto de una pequeña colina, encontró a un viejo recargado en el grueso tronco de un gran árbol, descansando bajo la inmensa sombra que producía su ramaje.

El lugar le parecía muy familiar, se sentía un ambiente de gran armonía, y sin embargo, el creía no haber visto ni pisado jamás ese sitio. Algo en su interior le decía que aquel hombre era la fuente de tan agradables sentimientos, por lo que sigilosamente se fue acercando poco a poco a donde se encontraba.

Con un sombrero de ala ancha que le cubría los ojos, el hombre aquel parecía estar durmiendo, empero, mucho antes de que aquel solitario hombre se encontrara frente a él, el viejo empezó a hablarle diciéndole: Sé por qué estás en este lugar Henry, te muestras abatido, cansado, desesperado; no sabes qué pasa en tu interior y crees que la respuesta está en tus sueños. Pasmado quedó el receptor al escuchar estas palabras, cuestionándole cómo es que sabía su nombre y cómo es que estaba tan seguro de que su problema eran los sueños, a lo que el hombre, sin siquiera moverse ni cambiar su posición le contestó: Eres muy obstinado amigo mío, la respuesta siempre la has tenido frente a tus ojos, pero tu obsesión no te permitía verla. Sorprendido y un tanto irritado, Henry quiso tomar por los hombros a aquel hombre, pero un entumecimiento repentino lo paralizó en seco y no pudo hacer más que escuchar a su interlocutor, quien continuó diciéndole: Te muestras hastiado de la vida monótona que te rodea y ni siquiera puedes comprender que tú mismo eres parte de esa monotonía que en nada te ayuda; quieres salir del laberinto en el que estas inmerso y no te das cuenta que tú mismo construiste la encrucijada en la que te encuentras. La única salida, la llave para abrir la puerta que te libere la tienes dentro de ti. Escucha a tu corazón, tus pensamientos han ahogado sus palabras; tu afán por escucharte a ti mismo y no a tu corazón han sido capaces de encerrarlo en un calabozo de envidia y arrogancia. Deja que te hable, déjalo ser tu guía, sólo así podrás recobrar el camino que con tanto ahínco has estado buscando.

Esas fueron las últimas palabras que pronunciara el viejo; al momento, Henry sintió que recobraba su movilidad y se abalanzó contra él, sin embrago el hombre desapareció y en su lugar, recargado en el mismo gran árbol, se encontró el propio Henry, quien despertara con sobresalto. Al darse cuenta de que por fin había conseguido volver al mundo de los sueños, se levantó con mucha serenidad y vio recostado a su lado al noble Reus, quien de igual forma despertó, lanzándole una mirada inquisitiva a su amigo quien se la devolvió con una satisfactoria sonrisa. Henry contempló el horizonte por algunos momentos, el día estaba por terminar, el astro mostraba su color bronceado, cobrizo; volvió la mirada hacia el cuadrúpedo y muy decididos emprendieron camino hacia el oeste, hacia donde la nada parecía absoluta. De aquella salida muy de mañana ya no regresaron aquellos dos solitarios seres, pero el camino siguió su curso y ahora eran tres los caminantes sin rumbo fijo.

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