El Lenguaje y la política… por George Orwell

En este fragmento del ensayo Politics and English Language del profético George Orwell, reprende nuestra forma de conversar y escribir, pues según él, la actual crisis humana y política está conectada con el desmoronamiento de lenguaje. A pesar de estar dirigido al pueblo británico, le queda muy bien al mexicano, y  por qué no, al mundial…

 

 

por G. Orwell

 

En nuestro tiempo es generalmente aceptado que los escritos de política son pésimos. Cuando esto no aplica, se encuentra que el escritor es algún tipo de rebelde, expresando sus opiniones personales y no las de su “partido político”. La ortodoxia, de cualquier color, parece pedir por un estilo sin vida e imitador. Los lenguajes políticos encontrados en folletos, artículos principales, manifiestos, libros blancos y discursos de subsecretarios, por supuesto, varia de partido a partido, pero son similares en que uno casi nunca encuentra en ellos un fresco y vívido discurso casero.

Cuando uno observa un truco cansado en una plataforma repitiendo mecánicamente las familiares frases “brutal, bestial”,  “atrocidades”, “puño de hierro”, “pueblos libres del mundo”, “de pie hombro con hombro”- uno tiene usualmente la sensación de no estar presenciando a un ser humano sino a algún tipo de tonto: un sentimiento que repentinamente se vuelve más fuerte en los momentos cuando la luz alcanza los anteojos del orador y los vuelve cuales discos en blanco que parecen no tener ojos tras estos. Y esto no es totalmente fantasioso.

El orador que usa ese tipo de fraseología se ha convertido en una maquina. Los ruidos apropiados vienen de su laringe, pero su cerebro no esta involucrado como lo estaría si estuviese escogiendo las palabras él mismo. Si el discurso que está haciendo es uno que está acostumbrado a hacer una y otra vez, puede que esté casi inconsciente de lo que esta diciendo, así como lo está uno al pronunciar respuestas en la iglesia. Y éste reducido estado de conciencia, quizá no sea indispensable, pero sí favorable a la conformidad política.

En nuestro tiempo, el discurso político hablado y escrito, son en gran medida la defensa del indefendible. Asuntos como la continuidad del dominio británico sobre India, las purgas y deportaciones Rusas, la caída de las bombas atómicas en Japón, pueden de hecho ser defendidas, pero solo por argumentos que son muy brutales como para que la mayoría de la gente les enfrente, y los cuales no coinciden con los propósitos declarados por los partidos políticos. Así, el lenguaje político consiste en gran manera de eufemismos, preguntas limosneadas y de vaguedad nebulosa.

          • A pueblos indefensos bombardeados desde los aires, habitantes orillados al campo, ganado acribillado, chozas en llamas con balas incendiarias; le llaman: Pacificación.

          • A Millones de campesinos despojados de sus granjas y enviados a andar por los caminos con no más de lo que puedan cargar; le llaman: Transferencia de la población ó rectificación de fronteras.

          • A la gente que es encarcelada por años sin juicio, que es disparada en la nuca o que son enviados a morir de escorbuto en campos de leño en el Ártico, le llaman: eliminación de elementos poco fiables.

Tal fraseología es necesaria si se quiere nombrar cosas sin apelar a figuras mentales en ellas. Considérese, por ejemplo, a un cómodo profesor inglés defendiendo el totalitarismo Ruso. Él no puede decir directamente “Soy partidario de matar a tus oponentes siempre y cuando puedas obtener buenos resultados al hacerlo”.

Por lo tanto, probablemente, diría algo como esto: “Si bien admitimos que el régimen sovietico presenta ciertas características que el humanitario puede estar inclinado a deplorar, creo que estamos de acuerdo en que una cierta restricción del derecho a la oposición política es un inevitable concomitante de periodos de transición y que los rigores a los cuales el pueblo ruso ha sido llamado a sufrir se ha justificado ampliamente en la esfera de logros concretos

Este mismo estilo inflado es un tipo de eufemismo. Un bulto de palabras del Latín cae sobre los hechos cual suave nieve, borrando el contorno y cubriendo todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad. Cuando hay una brecha entre el objetivo real y el objetivo declarado, uno se voltea instintivamente hacia palabras largas y expresiones agotadas, cual calamar salpicando tinta. En nuestra época no hay tal cosa como “mantenerse fuera de la política”. Todos los asuntos son asuntos políticos y la política misma es un bulto de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera en general es mala, el lenguaje sufrirá. Debo esperar encontrar -y esto es solo una suposición, en la cual no tengo el suficiente conocimiento para verificarlo- que las lenguas de Alemania, Rusia e Italia se han deteriorado en los últimos diez o quince años, como resultado de dictaduras. Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento.

ninia

El mal uso puede esparcirse en la tradición e imitación incluso entre la gente que debería saber más. El lenguaje degradado que he estado discutiendo es en cierta manera muy conveniente. Frases como: “una suposición no injustificable”, “deja mucho que desear”, ” no serviría a ningún propósito bueno”, “una consideración que deberíamos hacer bien en tomar en cuenta”, son una tentación contínua, un paquete de aspirinas siempre a la mano. Miren nuevamente este ensayo, ciertamente encontrarán una y otra vez que he cometido las mismas faltas por las cuales protesto. Justo esta mañana he recibido en la publicación matutina un folleto con las condiciones de Alemania.

El autor me dice que “se sintió impulsado” a escribirlo. Lo abro al azar, y aquí esta el casi primer enunciado que veo:

“[Los Aliados] han tenido la oportunidad no solo de lograr una transformación radical social y política en la estructura de Alemania de tal modo que se evite una reacción nacionalista por parte del país, sino al mismo tiempo de sentar las bases de una Europa unida y cooperativa”. Nótese, él “se siente impulsado” para escribirlo -siente, presumiblemente, que tiene algo nuevo que decir- y sin embargo sus palabras, cual caballos de caballería que responden a la corneta, se agrupan automáticamente en el patrón familiarmente aburrido. Esta invasión a la mente con frases ya hechas (“poner las bases”, “lograr una transformación radical”… ) sólo se puede evitar si uno esta constantemente en guardia contra ellos, y cada frase anestesia una parte del cerebro.

Mencioné antes que la decadencia de nuestra lengua es probablemente curable. Aquellos que niegan esto discutirían, si es que producen un argumento en lo absoluto, que el lenguaje meramente refleja las condiciones sociales existentes, y que no podemos influenciar su desarrollo con cualquier toque de palabras y construcciones. En cuanto al tono general o al espíritu de una lengua, esto puede ser cierto, pero no es cierto en detalle. Palabras y expresiones bobas han solido desaparecer, no a través de algún proceso evolutivo sino debido a la consciente acción de la minoría.

Dos ejemplos recientes fueron: “explorar todas las posibilidades” y “no escatimar esfuerzos”; frases que fueron asesinadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de metáforas que similarmente, podrían desaparecer si suficiente gente se interesara por realizar el trabajo. Y también debería ser posible reírse de la no-formación de la existencia, reducir la cantidad de latín y griego en la oración media, o expulsar frases extranjeras y palabras científicas extraviadas, y en general, hacer que la pretencioso no esté de moda. Pero todos esos puntos son menores. La defensa de la lengua inglesa implica más que esto, y quizá sea mejor comenzar diciendo lo que no implica.

Para empezar, no tiene nada que ver con el arcaísmo, ni con la salvación de palabras obsoletas o con los giros del habla, o con el establecimiento de un “inglés estándar” del cual no nos debemos nunca alejar. Por el contrario, se preocupa especialmente por el raspado de cada palabra o lenguaje que ha superado su utilidad.

No tiene nada que ver con la gramática correcta y su sintaxis, las cuales no tienen importancia siempre y cuando uno se haga comprender; ni con el evitar el uso de americanismos, ni con tener lo que se llama “un buen estilo de prosa”. Por otra parte, no está ligada a la falsa simpleza y el intento de hacer el lenguaje escrito coloquial. Ni siquiera implica la preferencia de la palabra sajona a la latina, aunque sí implica el uso de pocas y cortas palabras que cubrirán el significado. Lo que se necesita sobre todo es, dejar al significado escoger la palabra, y no al revés. En la prosa, la peor cosa que uno puede hacer con las palabras es rendirse a ellas.

Cuando piensas en un objeto en concreto, piensas sin palabras, y entonces si quieres describir lo que has estado visualizando, probablemente busques hasta que encuentras las palabras exactas que parecen encajar. Cuando piensas en algo abstracto estas más inclinado al uso de palabras desde el inicio, y a menos que conscientemente hagas un esfuerzo por prevenirlo, la lengua existente vendrá corriendo dentro y hará el trabajo por ti, a expensas de confundir o incluso de cambiar su significado. Probablemente sea mejor posponer el uso de palabras tanto como sea posible y obtener el significado tan claro como uno pueda a través de imágenes y sensaciones.

Eventualmente uno puede escoger -y no simplemente aceptar- las frases que cubran mejor el significado, y entonces cambiar, decidirse por la palabra que uno considere será más probable de imprimirse en la otra persona. Este último esfuerzo de la mente corta todas las imágenes obsoletas o mezcladas, todas las frases prefabricadas, repeticiones innecesarias, mentiras y vaguedad en general. Pero uno puede usualmente estar en duda acerca del efecto de una palabra o frase, y uno necesita reglas en las que uno pueda confiar cuando el instinto falle.

Pienso que las siguientes reglas cubrirán la mayoría de los casos.

1. Nunca usar una metáfora, símil, u otra figura del habla que estés acostumbrado a ver en la impresión.

2. Nunca uses una palabra larga donde una pequeña quede.

3. Si es posible quitar una palabra, quitala.

4. Nunca utilizar el pasivo donde pueda utilizar el activo

5. Nunca usar una frase extranjera, palabra científica o jerga si puedes pensar en su equivalente de uso diario.

6. Romper cualquiera de estas reglas antes de decir algo completamente barbárico.

Estas reglas suenan elementales, y lo son, pero ellas demandan un profundo cambio en la actitud en cualquiera que haya crecido escribiendo en el estilo hoy de moda. Uno podría seguir todas estas reglas y aún asi escribir mal, pero uno no podría escribir el tipo de materia que cité.

No he considerado aquí el uso del lenguaje literario, sino meramente el lenguaje como un instrumento de expresión y no para ocultar o prevenir el pensamiento. Stuart Chase y otros han dicho que toda palabra abstracta carece de significado, y han usado esto como pretexto para abogar por una especie de silencio político. Es decir, si no sabes qué es el Fascismo, ¿cómo puedes luchar contra el Fascismo? Uno necesita no tragarse tales disparates, pero se debe reconocer que el caos político del presente está conectado con el desmoronamiento del lenguaje, y que uno puede, probablemente, traer alguna mejoría comenzando por el extremo verbal.

Si simplificas tu lenguaje, estas libre de las peores locuras de la ortodoxia, del dogma. No puedes hablar ninguno de los dialectos necesarios y cuando haces una observación estúpida, su estupidez sera obvia, incluso para ti. El lenguaje político -con las variaciones de sus partidos, desde conservadores hasta anarquistas- está diseñado para hacer las mentiras sonar ciertas, y al asesinato, respetable; dar una apariencia de solidad al viento puro. Uno no puede cambiar esto en un momento, pero uno puede, al menos, cambiar sus propios hábitos, y de vez en vez se puede, incluso, si uno se burla en voz alta, enviar alguna frase usada e inútil -“chancla”, “el talón de aquiles”, “semillero”, “ultimadamente” u otro pedazo de basura verbal – a la basura, donde pertenece.

 

 

Traducido por la Redacción.

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