Las okupas y su desocupación

Por Mikhell

La Ciudad de México, una de las urbes más grandes de América Latina, se caracteriza por su inmensa diversidad cultural, así como por sus múltiples espacios para la recreación y el esparcimiento; su amplio espectro social puede elegir entre un sin número de actividades, ya sean lúdicas, culturales o deportivas en las cuales participar día con día. Desde cines al aire libre, foros culturales y musicales, una gran cantidad de teatros, así como discotecas, bares, restaurantes y plazas comerciales, los millones de seres que habitan y confluyen en esta vasta ciudad, tienen de dónde elegir para sobrellevar la rutina diaria del trabajo, la escuela o el ocio. No obstante, este crecimiento desmedido de centros recreativos ha dado paso a la saturación de calles y espacios públicos; no solo somos mucho y muchos los que diariamente transitamos por esta ciudad, sino que también el espacio se ha visto atiborrado de inmuebles, construcciones monstruosas que albergaran nuevos y lujosos centros comerciales, así como una inmensa edificación de nuevas torres departamentales y empresariales.

Dentro de todo este conglomerado de gentes y edificios, hay quienes aún tratan de vivir alejados de la mancha voraz que muchos osan en llamar progreso. Inmersos dentro de esta misma mancha, dichas gentes buscan no ser absorbidas por la modernidad y el lujo desmedido. Son jóvenes, en su mayoría, los que viven una lucha constante con la cosificación de la vida, del pensamiento y las personas. Son ellos los que están en una guerra constante contra el medio y todo lo que de él emana: la mentira, el abuso, la violencia, la corrupción, el desfalco. Estos grupos minoritarios de ciudadanos han tratado de generar sus propios espacios en los cuales buscan sobrevivir, con sus ideas, sus pensamientos, y sobre todo, sus acciones. Son los autodenominados okupas. Cientos de jóvenes que buscan espacios dónde comulgar sin pertenecer a la sociedad de consumo, generando los sustentos que ellos necesitan, como alimentos, insumos de limpieza, de vestido, entre otras cosas que autogeneran dentro de dichos espacios.

Antes de continuar, cabe hacer un paréntesis para tratar de explicar qué es este movimiento de ocupación. Surgido en el continente europeo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, este movimiento social busca generar espacios donde pueden residir los más necesitados, ya sean los productores y habitantes del campo que se ven desplazados a las grandes ciudades en busca de oportunidades, así como los habitantes de dichas ciudades que se ven negados de un trabajo y un espacio dónde poder vivir. Si bien es cierto que dicho movimiento se inicia por una carestía generalizada de la vida, que sólo buscaban un techo para dormir y poder habitar, hoy en día es más común que dichas ocupaciones sean realizadas como una voz de protesta ante el entorno en que se vive en las grandes ciudades, como una respuesta a las políticas implementadas por los gobiernos en turno, y que excluyen a las clases más bajas. Es así como poco a poco el movimiento okupa empieza a ganar adeptos a lo largo de occidente, hasta que llega a América Latina a finales del siglo pasado.

¿Pero cuál es la finalidad de este movimiento de ocupación? Primeramente, se trata de rescatar espacios en deterioro, ya sea por el olvido de las autoridades o de los propios dueños. Un espacio abandonado resulta un foco de infección y delincuencia, y si las autoridades no hacen nada por rescatar dichos espacios, alguien debe hacerlo, y qué mejor que la misma comunidad, los jóvenes, los de menos recursos, se den a la tarea de recuperar dichos espacios, y así evidenciar las carencias y desatenciones de los gobernantes. En segundo plano, se busca abrir espacios que en muchas ocasiones no aportan las autoridades, y que uno mismo como ciudadano debe buscar e implementar. Muchas de las okupas han resultado una verdadera alternativa para personas que no tienen acceso a programas o apoyos subsidiados por el estado, como pueden ser cursos, talleres, practicas, congresos, y un sinfín de actividades que es difícil sean promovidos por el gobierno y que se encuentran dentro de estos espacios con el afán de crear conciencia y unir lazos entre la sociedad.

No obstante, hay quien sataniza a estos grupos por considerarlos fuera de la ley, argumentando que dichos espacios ocupados no son de su dominio, y que se están aprovechando de los terrenos de otra gente, viviendo a expensas de ellos. Es por ello que cabe aclarar que dichos lugares revitalizados no han sido del todo gratis. Claro ejemplo de ello es el caso de la okupa “Chanti Ollin”, del náhuatl, casa en movimiento. Hasta hace unos meses, el inmueble ubicado en la delegación Cuauhtémoc, en la periferia central de la Ciudad de México, en una zona de grandes complejos arquitectónicos de reciente construcción, había sido ocupado por más de diez años por el citado colectivo. Dicho edificio, el cual consta de cinco pisos, estaba en completo abandono, por lo que con esfuerzo y trabajo, los okupantes revitalizaron el inmueble, dotándolo de luz, color, vida y esperanza. Trabajaron arduamente en la colocación de ventanas, la limpieza de sus pisos, la pintada de sus fachadas, el acondicionamiento de sus habitaciones, donde montaron una panadería, un taller de serigrafía, un huerto y una azotea verde. Cada día, cada semana, era un hormiguero de actividades en cada uno de sus pisos, desde talleres, clases de baile, cursos de herbolaria, elaboración de productos naturales, entre otros.

Desafortunadamente, y tras varios intentos de desalojo por parte de la policía capitalina, el pasado mes de noviembre, el inmueble fue desalojado con lujo de violencia. Sus habitantes fueron ultrajados, violentados, y algunos encarcelados. Despojados no sólo de su vivienda, sino también de sus herramientas de trabajo, los miembros de la casa tuvieron que abandonarla, para ver cómo poco a poco la están derribando para poder construir un estacionamiento alterno a las grandes torres corporativas que se encuentran sobre la avenida Reforma, a unos cuantos pasos de la casa okupada. Pero como este, hay muchos casos en la ciudad, y en el país, que no dejan de ser avalados por el progreso, las leyes y los gobiernos. Hoy en día la tierra y los contratos se otorgan al mejor postor, sin importar si viven familias en ese suelo, si debajo de la tierra hay mantos acuíferos, o si hay que derribar algún monumento histórico o taponear algún patrimonio natural.

Paralelo al surgimiento de las okupas, es en la década de los sesentas del siglo XX, cuando la socióloga de origen británico Ruth Glass pone de manifiesto el origen de nuevos modelos territoriales que buscan desplazar a las comunidades que ahí habitan, adquiriendo sus terrenos a bajos costos para después acondicionarlos, modernizarlos y rentarlos a costos más elevados. A este proceso de empoderamiento por parte de las clases altas se le llamó gentrificación. Así, cientos de espacios en deterioro se han ido modificando y convirtiendo en pequeñas tiendas, plazas y departamentos ostentosos, los cuales hacen que el uso de suelo sea más rentable para los nuevos dueños y de menos acceso para la gente de pocos recursos que habita o transita por la zona. La gentrificación es un problema creado por unos cuantos que nos concierne a todos.

Corresponde a cada uno como individuo hacer un balance sobre el piso en el que estamos parados. De verdad necesitamos más construcciones, más edificios, más plazas comerciales, más corporativos, en una Ciudad como la es la capital mexicana, donde la saturación de inmuebles viene creciendo constantemente; o acaso lo que se necesita es más educación, más tolerancia, más respeto entre comunidades e individuos, en una sociedad como la mexicana, donde hoy en día son comunes los asaltos, asesinatos, violaciones, feminicidios, la pobreza, el desempleo, todo esto derivado de una carencia en el sistema educativo, el cual corre a cargo de los secretarios de educación pública, secretarios que estando en ese puesto han demostrado que el cargo les queda muy grande.

 

Un ejemplo de esto es nuestro presidente Enrique Peña Nieto, al cual le han encontrado plagios en su tesis, y quien no supo contestar la simple y llana pregunta sobre cuáles son sus tres libros de cabecera. Cosa fácil hasta para un joven que acaba de entrar en la universidad. Al menos si a mí me cuestionaran como presidente de algún país, de algún comité o de alguna clase, con certeza contestaría: El hombre en busca de sentído, de Viktor Frankl; Lobo estepario, de Herman Hesse; y Los muros de agua, de José Revueltas. Cosa sencilla en apariencia, y así podía continuar con una pequeña pero nutrida lista de títulos, sin embargo este no es el lugar ni el momento.

Regresando al tema que nos concierne, hagamos una sencilla comparación. En tierras europeas, para ser precisos en España, los desahucios han sido el tema en boga desde hace años. Las noticias y los tabloides del mundo nos dicen que la situación en aquellas tierras es de crisis extrema. Las inmobiliarias llegan a tu casa a través de su ejército servil, la policía, exigiendo les entregues el terreno que ya no pudiste pagar debido a que te quedaste sin empleo ni oportunidades laborales. ¿Qué haces? Entregas todo tu patrimonio de años y bajas la cabeza ante la maquinaria capitalista que devorará tu hogar para construir una plaza, un centro comercial o un conjunto habitacional; o das batalla al despojo y la injusticia de los gobiernos, incendias tu casa (como muchos lo hicieron) y te repliegas en busca de un nuevo hogar. Si eliges esta segunda opción, ¿a dónde te diriges, dónde buscas ese espacio para vivir y soñar con un mundo nuevo? Conoces a gente en tu misma situación, te informas y llegas a estos espacios okupados por un sin número de personas, sin hogar ni empleo, tan sólo con tus ganas de seguir viviendo.

Si bien no es este el caso de México, la situación parece similar. Las grandes constructoras mueven grandes sumas de dinero, las cuales son capaces de modificar leyes, desaparecer actas, intestar terrenos; ya logrado su cometido, el siguiente paso es acudir a los tribunales y exigir, con los billetes en la mano, el desalojo del espacio que en apariencia les pertenece. Las leyes se flexibilizan y dan la razón al mejor postor. Se giran órdenes, actas y demás papeles donde se indica que tal o cual edificio es propiedad de la inmobiliaria que más dinero ofreció, claro que esto no se estipula en los contratos. El engranaje cruje y la maquinaria comienza a avanzar sobre los derechos de la gente que menos tiene, si acaso un techo bajo el cual cobijarse. Llega el despojo y el enjuiciamiento de quien nada debía ni temía. La casa es demolida, los escombros son removidos y en un abrir y cerrar de ojos los cimientos de un nuevo espacio de consumo o de beneficio propio de los acaudalados comienzan a erigirse, mientras los despojados buscan un bajo puente dónde pasar la noche, así como los materiales para vivir y mantenerse en pie.

 

Difícil será dar batalla a la inmensa maquinaria del despojo, pero si nadie lo hace muy pronto nos hundiremos en lo más hondo de la tierra y pereceremos como una sociedad que no tuvo capacidad de respuesta ante tan grave problema. Es por eso que te invito a reflexionar a ti, amable lector que se toma la molestia de ojear estas líneas. Hagamos un balance sobre lo indispensable y lo innecesario. ¿Queremos vivir en un mundo donde las puertas de los centros comerciales, las grandes plazas, los enormes edificios y corporativos cierran sus puertas al caer la noche; o queremos vivir en un mundo solidario, de posibilidades para todos, donde el apoyo entre hermanos, amigos, vecinos, y gente desconocida es el aliciente de cada día, donde no existe lucha entre iguales ni envidias, egoísmos o exterminios. Cambiemos el chip que traemos implantados por medio de la televisión y los medios masivos de comunicación que sólo publican lo que les dicta el Estado. Seamos más amables con el otro que está a nuestro lado, que al igual que nosotros sólo busca una buena vida, vivir bien, en armonía y concordancia.

Hoy se jactan los gobernantes mexicanos de un nuevo modelo en el sistema general de la vida, nos dicen que todo cambiara en pos de nuestro mejoramiento y que ellos serán los que declinen en sus lujos y extravagancias. Pero este discurso ya lo hemos escuchado y no nos damos cuenta que lo seguirán repitiendo hasta el cansancio, que su treta es la misma de siempre, hacer creer a la sociedad que todo mejora, que los salarios y los empleos suben, que hay más oportunidades para todos, niños, jóvenes, amas de casa, personas adultas. Que no nos sigan engañando con su discurso, que no nos sigan enajenando con sus programas y apoyos. Bien es cierto lo que hoy en día se escucha en las calles, a través de las voces feministas. Cayendo el capitalismo, cae el patriarcado. Y es que vivimos en una sociedad regida por hombres, por el vigor del sexo masculino, el cual cree poder sacar todo adelante él solo. Otra patraña más del sistema dominante, que ve a las mujeres, al igual que los hombres, como objeto, como una máquina más que está al servicio del más rico. Te invito a que lo pienses. No basta con okupar una casa deshabitada, un terreno abandonado; hay que cambiar desde adentro, desde nuestro pensamiento, nuestro hogar, la familia, la comunidad, para después mover al mundo. Mover a México como tanto pregona la politiquería. Movamos el suelo que pisamos con nuestras ideas y acciones; hagamos que retumbe y retiemble la tierra que pisamos y que poco a poco estamos debilitando con tanto inmueble sobre ella.

Para concluir, quiero hacer una breve observación. Tantas construcciones, tanto remover el piso y debilitarlo, poco a poco generará que en futuros años la tierra reblandecida ceda su espacio a los metales sobre los que está erigida esta sociedad. Qué gustoso sería para mí ver el colapso de esta civilización en decadencia; que la tierra se trague todo lo que le está afectando, que los suelos se muevan y se lleven al hoyo toda esa basura que compramos sin saber por qué o para qué. Galeano anhelaba esta catástrofe mundial, sin embargo no pudo vivirla, al igual que Bauman, quien quería que las sociedades modernas se diluyeran entre sus manos como un líquido funesto y de mal olor, sin embargo él tampoco logró su cometido. Como ellos, muchos de nosotros en este mundo queremos la destrucción, no del mundo, sino de una sociedad en decadencia generada por tanto bombardeo consumista y enajenante. No seré un gran pensador, escritor o filósofo, pero ojalá y a mí me toque reír desde lo alto de la pira humeante del progreso inhumano.

 

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