Fantaseandie

d8c98056464137.59afca1a16d85

Por Mikhell

Andie abrió los ojos, aún sentía sueño, quería seguir durmiendo, pero sabía que el ruido procedente de la habitación continua significaba que era hora de despertarse, al igual que su madre, para salir a trabajar. Tomó sus sandalias y se dirigió al baño; se duchó, se vistió y tomó un ligero desayuno. La verdad es que por las mañanas no tenía hambre, y aun así ingería los alimentos, como si sus movimientos estuvieran programados. Su madre le recordó que no olvidara apagar las luces cuando saliera, le besó la mejilla y salió dejando un ligero eco al cerrar la puerta. Andie se sentó por un momento, echó su cuello hacia atrás y cerró los ojos. Meditó por unos instantes qué debía hacer en los siguientes minutos, en las siguientes horas, en ese día más. Sabía cuál era su papel en la barra de abogados, simplemente poner una buena cara a los empresarios que arribaban, contestar unas cuantas llamadas, enviar correos y poner en orden la agenda del jefe; algo tristemente fácil,

que en ocasiones le cansaba debido a lo sencillo de su tarea. Sin embargo alguien tenía que hacerlo, y si había una buena paga, quién mejor que ella. Andie abrió los ojos, le hubiera gustado regresar a su cama y volver a dormir toda la mañana, pero alguien tenía que cumplir con su tarea, así que se levantó y salió del apartamento. Encaminó sus pasos hacia el subterráneo, donde esperaba encontrarse con los mismos rostros de siempre, rostros que, al igual que ella, se dirigían a sus respectivas tareas. Llegó el tren y la masa de rostros entró. Los primeros vagones de la mañana son los más saturados, y si uno no logra entrar, pierde la carrera con el tiempo, minutos valiosos se pierden entre uno y otro tren. Tal pareciera que aquella fuera la última corrida del tren. A empellones logró entrar, colocándose en una de las puertas de salida. De las tres largas estaciones que recorría el tren, ella sólo viajaba una, por lo que sus movimientos tenían que ser precisos para no quedar atrapada entre la masa de rostros. El tren avanzó y ella cerró los ojos; no quería ver el espectáculo de los rostros enlatados en un rectángulo de acero que viajaba a gran velocidad. Le resultaba patético el tren atiborrado de rostros que parecían no tener facciones, como si ya hubieran muerto, o se supieran condenados a su último viaje, sabiendo que iban directo a la muerte.

Andie abrió los ojos, el calor de una respiración muy cerca de ella hizo que perdieran la oscuridad sus pensamientos. Una mujer estaba frente a ella, muy cerca de ella. El movimiento del tren hacía que sus cuerpos chocaran unos con otros, y ellas iban muy juntas, casi abrazadas. La mujer que tenía frente a ella era muy atractiva a su parecer; por lo que buscó en su mirada indicios de vida, algo que la hiciera real, más allá de su belleza artificial. Su mirada inquisitiva desapareció cuando sintió algo entre su vientre, como un gusano que recorría su cuerpo. Bajó la vista para tratar de ver qué era aquello, pero no pudo ver más allá de la masa que llenaba el vagón. El gusano recorría muy despacio su piel por encima de sus ropas, hacia el bajo vientre, pronto lo sintió en su montículo venusiano, donde se detuvo por un momento. Buscó el rostro de aquella mujer y vio como llameaban sus dos cuencas, como dos calderos ardientes, el rostro completo de la mujer parecía arder. No supo qué decir, qué hacer. La mujer que tenía al frente parecía como poseída, y ahora el gusano parecía escarbar, procedía con fuerza intermitente, daba unos rodeos y buscaba un lugar por donde atravesar aquel camino. La llama que ardía en los ojos de aquella mujer la contagió, su cuerpo se estremeció como cargado por una corriente eléctrica y profirió un grito eufórico, seguido de una gran carcajada que estremeció a la masa de rostros en el tren.

Andie abrió los ojos, de inmediato su paroxismo disminuyó brutalmente al ver aquella masa de rostros puestos en ella. Sus miradas acusatorias parecían expulsarla del vagón; ya no eran rostros grises, sin importancia, vacíos, ahora se habían convertido en grandes mascaras de verdugos, exigiendo el ajusticiamiento de un criminal. La mujer frente a ella parecía extrañada, no daba crédito a aquella muestra de felicidad. Nadie sabía qué pasaba con aquella mujer, quien se limitó a sonreír a su público. Al llegar a la estación, Andie miró a la mujer que había tenido al frente durante aquel trayecto, guiñándole un ojo se alejó de ella. Salió del subterráneo con una sonrisa inconmensurable; sentíase una mujer completa, pura, llena de vida y plenitud. Caminó por la acera, llegó a su destino, y comenzó sus tareas con una felicidad extravagante, nada le importaba, se sentía satisfecha por haber nacido un día más.

 

revistarevoltura

Revista de difusión literaria

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s