Los Suicidas

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Por Caras

 

Y si un día despiertas y eres todo lo que no quieres ser, y si no eres dueño de tu tiempo ni de tu vida y si las cosas que temes te están devorando y te convences que así tienen que ser. Entonces sabías que algo estaba mal, pero no hiciste mucho, solo seguiste dejándote fluir, fluir en esas cosas frívolas e inefables que se establecieron en ti tan severamente y que fue imposible deshacerte de ellas; entonces sólo esperabas que la noche se hiciera mañana y viceversa, no tienes ganas de hacer mucho, es más, tienes ganas de hacer nada.

Entonces te vuelves a poner esa fea falda gris la misma que usabas en ese empleo que tanto odiabas, la misma falda vetusta que ya parece más un trapo que una prenda, la misma que llevabas puesta hace diez años cuando tu hijo se largó de la casa porque no soportaba tu tristeza, no soportaba tu cara que pedía compasión. Desde que tu esposo murió parece que ruegas por sexo a cualquier hombre, a rubios, morenos, altos, flacos, calvos, feos, a hombres que en tu juventud jamás hubieras aceptado, pues eras demasiado hermosa y orgullosa.

Ahora esos extraños son los que te llenan, esos extraños son los que se compadecen de ti, los que obedecen tu cara, porque la juventud te ha abandonado igual que tu hijo. Por las noches cuando oras, cuando rezas, pides piedad, pero ¿piedad de qué? Piedad de ti misma que te has dejado hundir tan hondo y te estás ahogando sola. Entonces dejas de ir a trabajar y la primer semana bajas cuatro kilos, parece que estas logrando los resultados de la dieta que tanto intentaste en el pasado, pero te ves mal y lo sabes, no comes y tus ojeras parecen más bien moretones de golpes; piensas en tu hijo, te gusta pensar que todo está bien con él, sabías que tu hijo es un bueno para nada y muy probablemente no tenga ni para comer, pero piensas lo mejor, es lo que necesitas pensar, lo extrañas pero no te atreves a buscarlo, sabes que está mejor lejos de ti y así le demuestras tu amor. La segunda semana los cuatro kilos se han convertido en seis, te ves mal, hueles mal, estas mal; no comes, no sales de tu habitación, tu deseo de bajar de peso se ha hecho una intempestiva realidad, pero las cosas no marchan bien y lo sabes y no te importa, justo como lo que hiciste con tu vida, sabías que estaba mal pero no te importó; como si no hubieras podido hacer nada, como si no estuviera en ti cambiar lo que te molesta, lo que no quieres, lo que te incomoda, lo que eres, la maldita incomodidad de ser tú y con eso no puedes y te sientes mal y vomitas todos los días siguientes; pero no lloras porque piensas que ni las lágrimas vales, estás seca por dentro, tanto como un desierto silencioso, hostil, vacío.

Comienzas a parecer un esqueleto, la muerte se ha tardado contigo y lo sabes, pero ya estás lista y la esperas desesperadamente, pero como esa cabrona es bien berrinchuda te sigue haciendo esperar, y de pronto, en tres días tu último pensamiento fue tu hijo y tu último sentir fue el gusto por morir; sabías que lo querías pero sabías que eras demasiado cobarde para hacerlo tú misma. Entonces la mandaste llamar, le gritaste desesperadamente cada día de trabajo, cada día desde que tu hijo se fue y que tu esposo murió. La deseabas, lo sabías, pero no te atreviste a cortarte las venas, la esperaste paciente, paciente y dolorosamente, no querías un suicidio, pero eso fue lo que hiciste de tu vida antes de que dejaras de respirar, te suicidaste y nada yo podía hacer, no quise meterme en la decisión que tomaste.

Del otro lado de la ciudad tu hijo se casó dos años después de que se marchó, se casó con una jovencita que conoció en un bar, si lo hubieras visto te hubieras sentido orgullosa de él; ella es muy guapa, tanto como tú cuando eras joven. Tu hijo está sentado en una silla de mimbre y frente a él su joven esposa lo mira con lágrimas en los ojos, tu hijo le dice:

“No hay motivo por el cual estar triste, esto es algo que nos pasará a todos, la única diferencia es la forma, mientras la mayoría ha hecho lo que se les ha dicho yo por el contrario he sido un renegado de lo que no quiero y si no hago esto lo que he hecho en vida perderá su valor, pues de qué me ha servido gastar tantos años haciendo lo que deseo si la única meta de hacerlo recae en la muerte, y si muero con dolor o por culpa de esta enfermedad que intenta atormentarme, entonces todo será obsoleto; sé que te entristeces porque llevamos varios años juntos, pero no hay remedio, desearía estuvieras feliz, tanto como yo, como yo que he elegido mi muerte y que no solo elegí mi vida. Desde aquella drástica decisión de abandonar a mi madre porque no quería ser contagiado de su pesada y decadente melancolía, así todas las decisiones las he tomado yo para ser el fiel representante de esta inánime dualidad que es estar aquí, siempre hay que responsabilizarse de sí mismo, no sólo cuando se nace sino también cuando se muere y qué mejor que elegir tu muerte.”

Su joven esposa lo mira callada, sigue llorando pero parece un llanto resignado. Tu hijo saca de su bolsa izquierda una jeringa que contiene un líquido, un líquido que lo hará morir, porque él eligió hacerlo, se lo introduce por la vena del brazo. En unos segundos tu hijo cae violentamente de la silla de mimbre, tu hijo está muerto, su esposa llora cada vez más silenciosa; la resignación le llegará pronto. La cara de tu hijo es de placer, su cara es como la tuya, los dos están felices y entonces pienso que tu hijo heredó más de lo que tenía que heredar de ti, ambos son suicidas, cada quien a su modo, pero ambos respiraban muerte desde su nacimiento, ambos la deseaban con ese fervor que hace poner los vellos de punta, ambos nunca dejaron de pensar en la muerte cuando tenían vida.

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