Entre socavones y socarrones

 

Por Mikhel

 



Cuando era pequeño, de boca de mi abuela escuché bastantes veces la palabra socarrón, la cual yo asociaba con algo así como un cabeza hueca, alguien que no sabe lo que hace; un completo imbécil. Esto asociado a la situación o a la persona a la que mi abuela se lo decía. Bastantes años de mi vida crecí con esta percepción, sin embargo, cuando me di a la tarea de buscar la definición auspiciada por los dueños de las palabras, toda mi infancia y parte de mi juventud se vinieron abajo.



Resulta que la palabra socarrón hace referencia a aquella persona que se burla o trata de hacerlo de los demás, a través de la ironía y el sarcasmo. Pues bien, mi intención, o más bien la idea de este texto, era la relación que hay entre las palabras socarrón y socavón. (Para quien no lo sabe, los socavones son hundimientos de tierra derivados de un reblandecimiento en ella). Si bien ambas palabras son fonéticamente similares, para mi infortunio, su significado no es el mismo. Aun así, este breve texto tratará de hacer cabriolas entre ellas.

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Al sólo querer jugar con las palabras y su relación, directa o indirecta que hay entre ellas, sería muy fácil llevar por buen camino este escrito, pero ahora… Ahora estamos en un punto límite de la historia mundial en cuanto a cuestiones climáticas y de recursos naturales, según la percepción de este aprendiz de escritor. Estamos al borde de un colapso mundial, la catástrofe esperada por muchos, algunos con angustia y otros con esmero. Nuestro planeta está sobrepoblado, tanto de seres humanos como de cosas materiales, corporaciones, armas, drogas, y un larguísimo etcétera.

Para los que habitamos en una capital tan grande y a la vez tan pequeña, como la es la Ciudad de México, habremos visto, sabido, o incluso caído en uno de estos hoyos que abundan por la Ciudad. Algunos sólo son pequeños como del tamaño de un balón, otros son grandes, capaces de cerrar calles durante semanas mientras es saneado, pero hay algunos enormes, capaces de tragarse edificios completos. Al igual que abundan los socavones, los socarrones, perdón, los cabezas huecas también son una plaga característica de nuestra bella y saturada ciudad.

Es fácil identificarlos, sólo basta salir a la calle y los encuentras, igual que los socavones, por todos lados. Pueden ir conduciendo un automóvil como locos; pueden estar tras de ti mientras esperas abordar el transporte, observando qué pueden hurtar de tus bolsillos; los hay violentando y matando gente, incluso los encuentras en los pupitres donde día con día las leyes se manipulan al antojo del más grande socarrón (aquí sí vale la palabra, ya que con gran descaro se burlan de nosotros a cada momento).

En fin, esta fallida analogía no es más que una llamada de atención para ti que decidiste leer estas líneas. Un llamamiento al hombre, a la mujer consciente que vive en tus pensamientos, a esa vocecilla que te dice que hagas algo por cambiar la peste que respiras cada mañana, cada noche. Nos hundimos, nos estamos quedando huecos, la indiferencia y el egoísmo nos están consumiendo poco a poco, quemándonos con un frío que paraliza lentamente nuestra capacidad de reacción.

Hace no mucho tiempo, y con gran socarronería, la tierra se movió de su parsimonia, derrumbando edificios, aplastando autos, hombres, mujeres, y todo cuanto quiso, cabalísticamente en la misma fecha de otro gran movimiento, sólo que con treinta y dos años de diferencia. Hay quien vivió ambos sucesos, hay quien, como yo, sólo presenció este último y que pudo vivir y sentir el estremecimiento de la solidaridad, de la humanidad. Mucha gente que estuvo ahí aprendió y conoció nuevos conceptos, nuevas personas, nuevos sentimientos e ideas.

Un escritor mexicano, quien seguramente le tocó aquel sismo de 1985 y este último del 2018, escribió a principios de la década de los noventa un libro titulado “La leyenda de los soles”. En dicha novela, Homero Aridjis relata la vida en la Ciudad de México en el año 2027, donde los temblores son el pan de cada día; sismos y sismos todos los días, desde breves y muy pequeños, hasta grandes y prolongados. La historia no la contaré para que se den a la tarea de buscarla y leerla, pero les puedo asegurar que más que una historia de ficción, el relato se acerca mucho a la realidad de nuestros días, esto por los personajes y el ambiente que predomina en la narración.

No hace falta esperar por diez años para saber que estamos al borde de un cataclismo mayor, algo que sepulte todas nuestras efímeras y mundanas pertenencias en cuestión de minutos. Hemos permitido que la supuesta modernidad dañe nuestros suelos, dejándonos sin recursos vitales para subsistir. Al igual que los personajes en la novela de Aridjis, nuestra actualidad está plagada de personas corruptas, viciosas (en todos los sentidos de la palabra) y un sin fin de violencias que nos consumen lentamente, entre el tedio y la indiferencia.

Es por ello que los invito a que dejemos de ser tan socarrones (en el mal sentido de la palabra) y hagamos el resto por los que han caído, aplastados bajo la escalada monstruosa que devora esta tierra y sus entrañas. Preservar debemos los recursos que aún quedan y lentamente siguen siendo destruidos por la maquinaria del hombre codicioso. La tierra grita, escupe, llora. La tierra está cansada de ser profanada por la bestia parasitaria. Escuchémosla. Nos corresponde sanear las cavidades que hemos tenido como individuos, como sociedad y sobre todo como humanidad.

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