Me carga la vida

Quizá fue bueno que toda mi licor se esfumara, me diera de cachetadas, me dejara seco y perplejo. Además, ultimamente, no sé por qué, evito trabajar. Ya no tengo esas incontenibles ganas de reparar las fachadas y las tuberias; es como si estuviese harto, fatigado, sin intención de pretender una mejoría. Y me pregunto ¿para qué trabajar contento? Para qué molestarme en realizar mis faenas, que sean vistas por el dueño y me diga -¡que bonito le quedo!- si realmente nada cambiará para bien, todo va tomando la forma del interés, de la economía, del consumo, de la finitud…

Creo que por eso vino ese perro a cagarse en nuestro jardín. Primero no le dimos importancia pues estos animales abundan por todo el continente, pero tras un par de días ya no lo soportabamos, enfurecidos contra el can, le maldeciamos por venir a deshecharse frente a nuestra puerta. Pasó una semana y el animal continuaba fastidiando; por lo que decidimos construir una escueta cerca para evitarlo, colocamos tabiques, palos y piedras, pero el astuto cão se burlaba de nuestra “inteligencia”.

Después adquirimos madera para construir una cerca más grande, resistente, sin huecos. Compramos vinagre, pimienta y la esparcimos alrededor de la cerca para que su olfato irritase y ya no entrara. Pero el perro continuaba defecando dentro del jardín. Había tardes y hasta noches que dejabamos las ventanas abiertas para cacharlo infraganti. Hasta cuando ibamos a la tienda por papitas, nos lo encontrabamos, y como si este comprendiera el castellano, le gritabamos con ira y rencor: ¡Abstente de tus sucios actos contra nuestra propiedad privada! Y éste, como si nosotros comprendieramos perruno, nos ladraba y gruñia, quizá diciendonos: ¡me cago donde quiero!

Sus heces, eran por lo regular, suaves y dificiles de quitar, apestosísimas y de un cafe rojizo que eran un fiel reflejo del estado interior del can. Cada mañana al despertar, mi roomie y yo nos decíamos: ojalá no haya mierda que limpiar. Pero cada maldito amanecer el jardín nos gritaba: huelan y miren esta mancha café sobre mi verdez, no combina, ¡quítenmela ya! Obedientes y de mala gana lo haciamos, naturalmente.

Hasta que un día, fastidiado y ansioso por saber si habría mierda, cansado de batallar con un ser que mi dialecto no articulaba, decidí cambiar de táctica y atacar con el poder del amor y de la benevolencia. Revertí las energías ondulantes para formar un nuevo paradigma. Así, cuando le ví, tomé un balde, lo llené de agua y lo puse fuera del jardín, ofreciéndolo al mejor amigo del hombre. El perro me ladró pues quizá no comprendía mi actitud. Con pocas palabras le invite a beber y entré en la casa. Desde la ventana, recorriendo suavemente la cortina lo espié y cuando no me vió más, bebió como un perro. Desde entonces, en mi jardín la unica mierda presente es la que traen en sus pies los testigos de Jehova, pero también para ellos tengo agua.

Por QR

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